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Licenciado em Químicas. Profesor de Física y Química. Director de Instituto. Me encanta la divulgación científica y combato las pseudociencias. De izquierdas.

Ofensiva contra la Ciencia 3

El precio de la incultura científica.

Médicos, farmacéuticos, universidades y políticos deberían buscar vías para expulsar a los charlatanes de la vida pública

Patricia Fernández de Lis 18 junio 2017 publicado en el EL PAÍS

El cambio climático es una patraña inventada por los chinos. Las vacunas provocan autismo. El alma se trasplanta. La energía eólica es mala para la salud. Fumar no es malo para la salud. Las terapias alternativas, que incluyen homeopatía o reiki, curan el cáncer.

Estas afirmaciones son absolutamente falsas. No hay una sola prueba científica de que sean ciertas. De hecho, cientos de estudios realizados por miles de investigadores en todo el mundo han llegado a la conclusión de que el cambio climático es real y está provocado por la acción humana, de que las vacunas no provocan autismo, de que el tabaco mata y de que las llamadas “terapias alternativas” no tienen ningún efecto real más allá del placebo.  Sin embargo, ni siquiera toda la fuerza de la Ciencia y la Razón, con mayúsculas, es capaz de frenar el avance de la anticiencia, que se alimenta de la irresponsabilidad de presentadores y famosos, de columnistas de diarios, y hasta del presidente y el vicepresidente del país más poderoso del mundo, que probablemente tienen el récord mundial de patadas a la ciencia.

La ciencia y la tecnología han logrado cotas de progreso económico y social nunca antes vistos en la historia de la humanidad. Gracias a la ciencia, en los países desarrollados podemos disfrutar de luz, agua corriente, calefacción y aire acondicionado en nuestras casas; podemos transportarnos a nuestro lugar de trabajo y viajar con relativa comodidad a países remotos; podemos confiar en que, si vacunamos a nuestros hijos, los protegeremos de las enfermedades que en otros momentos de la historia, y en otros lugares del mundo, matan a miles de personas; y podemos usar Internet y nuestros potentes smartphones para ignorar toda esta información y decidir que se vivía muchísimo mejor en la Edad Media. Sin medicamentos, sin vacunas, sin energías alternativas, sin transgénicos, sin antenas de telefonía y WiFi, sin información contrastada científicamente. Sin progreso.

Los defensores de la anticiencia suelen basar sus paranoias en dos ideas. Una es que existe una conspiración mundial –en la que estamos implicados periodistas científicos, divulgadores, investigadores, organismos como la OMS, y compañías energéticas, farmacéuticas y de telecomunicaciones–, destinada a negar los perjuicios de la ciencia oficial y los beneficios de la investigación alternativa. No gastaré más palabras de las que generosamente me ceden mis compañeros de IDEAS en rebatir esta absurda teoría, pero, por poner un simple ejemplo, la homeopatía ha tenido dos siglos para demostrar científicamente que funciona y aún no lo ha logrado. La otra idea es que la ciencia falla. Y por supuesto que es así. El método científico implica construir una hipótesis, testarla, analizar los resultados y llegar a una conclusión, que posteriormente será revisada por investigadores del mismo campo, para finalmente publicar los resultados en una revista científica. El estudio que vinculaba las vacunas y el autismo había pasado todos esos filtros y resultó ser un fiasco. El médico implicado falseó los resultados, pero se descubrió poco después, cuando investigadores independientes intentaron reproducir sin éxito sus hallazgos. El método científico falló, sí, pero también fue ese método el que permitió que conociéramos lo que realmente ocurrió. No es perfecto, pero es lo mejor que tenemos.

El estudio que vinculaba las vacunas y el autismo había pasado todos los filtros del método científico y resultó ser un fiasco

Es urgente que las organizaciones médicas y farmacéuticas, las universidades y los políticos exploren las vías para expulsar a los charlatanes de la vida pública. Pero mientras la ignorancia científica no tenga el desprestigio social que sí tiene la ignorancia del arte o la literatura, seguiremos estando rodeados de ciencia y tecnología, sí, pero también de manipulaciones interesadas, noticias falsas y embaucadores que se hacen de oro gracias al desconocimiento, el oscurantismo y la credulidad.

Ofensiva contra la Ciencia 2

El declive de la homeopatía, un negocio fomentado por el sistema.

La terapia alternativa más popular y comercial de la pseudociencia no ha podido demostrar que sea curativa en absoluto, y empieza a ser desterrada de las aulas

Javier Salas 18-6-17 publicado en EL PAÍS

La homeopatía lleva un año tan malo que ya solo le falta que el Diccionario de la Real Academia deje de definirla, erróneamente, como un “sistema curativo”. Y no sería extraño, puesto que en los últimos meses muchas instituciones han optado por darle la espalda a este sistema pseudoterapéutico que no ha sido capaz de demostrar que sea curativo en absoluto. Incluso sus propios defensores reconocen que no saben cómo podría funcionar.

Uno de los golpes más duros ha sido el reciente informe de la Real Academia Nacional de Farmacia en el que se advertía que los productos homeopáticos no solo son inútiles, sino que suponen “un riesgo para la salud de los ciudadanos” porque los pacientes pueden alejarse por su culpa de aquellos tratamientos farmacológicos apoyados en la evidencia científica. Desgraciadamente, esa advertencia hipotética se convertía en tragedia real este mes, cuando un niño de siete años moría en Italia por culpa de una otitis que se complicó porque sus padres se limitaron a usar homeopatía, evitando los antibióticos.

La Asamblea Nacional de Homeopatía , el lobby español admitía entonces que “no sustituye a los tratamientos farmacológicos cuando estos son necesarios”. Antes, el director ejecutivo de la principal empresa del sector, Christian Boiron, reveló en una entrevista en el Corriere della Sera que él mismo usaba antibióticos con sus hijos. Después de que la Universidad de Barcelona cancelara su máster en homeopatía por “falta de base científica”, tres de las principales sociedades científicas farmacéuticas lanzaron otros tantos misiles en pocas semanas de diferencia. La Sociedad Española de Farmacia Familiar y Comunitaria advertía: “Hasta hoy no existen evidencias científicas suficientes para demostrar la supuesta eficacia”. La Sociedad Española de Farmacia Hospitalaria alertó de que “los principios que sustentan la homeopatía no son científicos”. Por su parte, la Sociedad Española de Farmacéuticos de Atención Primaria insistió en que “debería retirarse la denominación medicamento de estos productos”. Además, las principales universidades que habían dejado entrar a la homeopatía en sus instalaciones han vuelto a cerrar la puerta, y colegios médicos, como el de Madrid, han roto con esta y todas las demás pseudociencias.

Un negocio respetable

En España, los productos homeopáticos se venden como “medicamentos” en farmacias con IVA reducido

Al repasar lo ocurrido en estos últimos meses, cabe preguntarse cómo es posible que la homeopatía haya vivido cómodamente en los años previos, sin apenas polémicas y con buenas cuentas de resultados para sus laboratorios. Como resume un artículo el colectivo Ciencia para el pueblo, la homeopatía ha disfrutado del estatus de ser “un negocio avalado por el Estado y el sistema” que le proporcionan “una pátina de respetabilidad y hasta de eficacia terapéutica”. En España, la Agencia del Medicamento defiende que son “medicamentos como todos los demás”, precisamente gracias a la consideración que le otorga el legislador. Sin embargo, no tienen que demostrar eficacia, en claro agravio comparativo con el resto de medicinas, que deben cumplir severos requisitos para demostrar sus indicaciones, y se dispensan en farmacias y con IVA superreducido. A cambio, los homeopáticos no pueden atribuirse capacidades específicas, aunque sortean su cumplimiento al incluir en los prospectos que el preparado es “utilizado tradicionalmente”para tal o cual enfermedad. Desde 2013, Sanidad tiene pendiente regularizar definitivamente esta situación para cientos de productos homeopáticos, pero el plan permanece en un cajón desde entonces, tras la respuesta social que suscitó. Al cierre de este texto, Sanidad no ha respondido cuáles son los motivos por los que este plan lleva tres años congelado. Por su parte, los farmacéuticos, representados por su presidente Jesús Aguilar, defienden que la venta de homeopatía es un negocio legítimo y derivan las responsabilidades hacia el legislador y los médicos que la prescriben.

“Eso es falso. El 80% de la responsabilidad es de los farmacéuticos”, asegura el boticario Jesús Fernández, se hizo conocido al decidir no dispensar homeopatía en su establecimiento madrileño y posteriormente como impulsor del colectivo FarmaCiencia. Fernández hace cuentas: “Dicen que hay 10.000 médicos recetando homeopatía; si esa cifra inventada fuera cierta, serían el 4% de los 250.000 médicos colegiados que hay en España. En cambio, de las 22.000 farmacias que tenemos en el territorio nacional solo somos un puñado los que nos negamos a dispensar homeopatía”. Fernández también critica que el Estado permita que los precios de la homeopatía sean libres frente al de los demás medicamentos, que está fijado. No obstante, asegura que la importancia de la homeopatía es residual: de los miles de millones que se gastan en oficinas de farmacia anualmente, apenas unos pocos millones se dedican a estos preparados homeopáticos que suelen presentarse en bolitas de azúcar (sacarosa y lactosa) con precios que van desde los cuatro hasta los 40 euros por caja.

Según fuentes del sector, más de la mitad del mercado homeopático español, formado por una decena de empresas, lo tiene la francesa Boiron en sus manos. Pero es un mercado menguante: en 2016, Boiron solo sumó 20,5 millones en ventas, tras caer un 14,3% desde 2015, año en que también había reducido sus ventas un 4,9% frente a los más de 25 millones de 2014. En el primer trimestre de 2017, Boiron Internacional señala que España (el 4% de la facturación global del laboratorio) es el único mercado de Europa Occidental que sigue menguando. En 2015, Boiron se gastó en España 425.000 euros en promocionarse entre profesionales y organizaciones sanitarias. Consultada por este periódico, la compañía no ha querido comentar cómo las polémicas recientes afectan a su negocio, que tiene previsto suprimir 38 puestos de trabajo en Francia.

Mientras la medicina científica debe someterse a rigurosos sistemas de revisión para conseguir tratamientos que mejoren la salud controlando los efectos secundarios, Boiron solo gasta el 0,6% de su facturación en investigar sobre esta pseudociencia inventada hace 200 años por Samuel Hahnemann que se basa en la supuesta memoria del agua. Pero es una distinción que no parecen tener clara los usuarios de estos productos. El sociólogo Josep Lobera está preparando un estudio específico a partir de una encuesta entre 6.300 españoles. “No distinguen lo que es ciencia y lo que no. No tienen claros los límites entre ambas cosas y les llega información con apariencia de científica que los confunde. Por eso creen que sí hay estudios que la respaldan”, resume Lobera. “Para ellos es como si estuvieran probando una medicina experimental que dentro de unos años se va a demostrar que funciona”, asegura, “se están saliendo del camino de la medicina sin ver el letrero que indica que se alejan”. Tras estudiar en detalle el perfil sociológico de este grupo, Lobera observa que el nivel educativo no influye, ni tampoco la percepción de la ciencia: “No rechazan el método científico, ni siquiera recelan de los científicos y sus posibles intereses comerciales”. Y se adivinan dos detonantes que favorecen su uso: la confusión que genera su venta en farmacias, y otro aspecto importante, porque “sienten que la sanidad les ha fallado, que no les dedica suficiente tiempo y atención, y buscan otras vías para canalizar estos síntomas de frustración”.

Estas empresas no tienen que cumplir los rigurosos requisitos que se exigen a la medicina científica

Solo un 7% de los españoles están “muy” convencidos de que los productos homeopáticos funcionan, según esa encuesta de Fecyt. Un estudio de European Social Survey de 2014 mostraba que solo el 2,8% de los españoles la habían usado en los doce meses previos. Sin embargo, el lobby homeopático asegura que el 33% de los españoles ha consumido sus productos, basándose en un estudio pagado por Boiron que se publicó en 2012 en la Revista de Medicina Homeopática. En un solo número de 2016 de esa revista, del grupo Elsevier, se pueden encontrar artículos que defienden que “la homeopatía ha contribuido a controlar la enfermedad tumoral en 10 casos de cáncer”; otros que comparan la “ofensiva” que sufren los homeópatas con las que lanzaron los nazis contra judíos y comunistas; e incluso un estudio que avisa de “resultados favorables” en el uso de homeopatía para combatir la otitis en niños pequeños “evitando la administración innecesaria de antibióticos”. Se suma así el sistema de publicación en revistas científicas a la legislación y a los intereses del negocio, contribuyendo en conjunto a la confusión de los consumidores, que pueden terminar creyendo que la homeopatía sirve para curar.

Ofensiva contra la Ciencia 1

El rechazo a las vacunas, el ataque a los transgénicos o la negación del cambio climático son la nueva versión del viejo ataque a la ciencia

Javier Sampedro publicado en EL PAÍS 18 de junio 2017

Desde el tribunal eclesiástico que juzgó a Galileo para hacerle desistir de sus conclusiones experimentales, la ciencia lleva más de cuatro siglos dándose de bofetadas con los señores del lado oscuro. Visto desde hoy, cuesta imaginar por qué las teorías de Copérnico, Kepler y el propio Galileo no fueron aceptadas de inmediato por su inmenso poder explicativo. Como decía el astrofísico Carl Sagan: “Me pregunto cómo es que apenas ninguna religión ha mirado a la ciencia y ha concluido: ‘¡Esto es mejor que lo nuestro! ¡El universo es mucho mayor de lo que dijeron nuestros profetas, más sutil y elegante!”.

Sagan, un inteligente físico y genial divulgador, dedicó media actividad profesional a la búsqueda de vida inteligente en la galaxia y la otra mitad a mejorar la inteligencia de los terrícolas. Luchar contra la irracionalidad es una función importante de la divulgación científica. Otro campeón de esa contienda ha sido Richard Dawkins, centrado sobre todo en desarmar a los creacionistas, con libros enteros dedicados a derribar la idea de Dios y campañas de autobuses ateos que ríete tú de los buses de la trama y de la vulva. De entre todas las irracionalidades habidas y por haber, la religión ha sido tradicionalmente el enemigo número uno del avance científico.

Por ejemplo, Dawkins desarrolló en los años ochenta un argumento chispeante contra el “diseñador inteligente” de los nuevos creacionistas, que deducen la existencia de Dios a partir de la complejidad de sus criaturas. Pero un diseñador inteligente, aduce Dawkins, debe ser aún más complejo que las criaturas a las que pretende dar explicación, luego no les da ninguna. Es un razonamiento brillante, a la altura de su autor.

El problema con todo esto, naturalmente, es que un individuo irracional no atiende a razones. Las personas religiosas se basan en la fe, no en el argumento. Y este mismo es el problema con las otras religiones, las creencias modernas que han sustituido la catequesis por una serie de credos laicos, como la fe en la madre naturaleza, el repudio a la tecnología opresora y los hechos alternativos que emanan de la Casa Blanca como versículos del Evangelio. Los meros argumentos racionales no van a parar esto. No lo han hecho nunca, y no lo van a hacer ahora.

“Os metéis con la homeopatía cuando no le ha hecho nada a nadie”, decía un whatsapp que circulaba el otro día. No sé quién es su autor, pero tiene una exquisita mala uva. La homeopatía, en efecto, no le ha hecho nada a nadie, ni podría hacérselo. Un producto homeopático, según los textos fundacionales de esta sandez, no es más que agua pura y cristalina, con algo de cloro si sale del grifo. Esta religión moderna consiste en diluir una sustancia dañina en tantos órdenes de magnitud que al final no puede quedar una sola molécula de ella. Es increíble que una idea tan estúpida se haya generalizado de tal forma. Pero así es (véase artículo adjunto).

La homeopatía no es más que una estafa. Una cuestión más grave, por supuesto, es que el chamán convenza al paciente de que tiene que dejar su tratamiento médico para abrazar el elixir fraudulento. Ahí muere gente, y los tribunales pueden actuar. Pero, cuando no se llega a esos extremos, o no muy frecuentemente, los productos homeopáticos seguirán gozando de una estantería vistosa en la farmacia. Es avalar una estafa, pero los políticos parecen estar acostumbrados a esa práctica, a juzgar por sus (nulas) iniciativas para erradicarla. Fácil: la mayoría de los españoles creen en la homeopatía, y no están los tiempos para perder votos.

El rechazo a las vacunas es cada vez más complicado y más grave. Hace décadas que los abogados de colmillo más aguzado aguardan apostados a la salida de los hospitales norteamericanos a que salgan los familiares de los pacientes que han muerto. Una vacuna puede proteger al 80% o al 90% de quienes la reciben, y eso deja un margen jugoso del 10% o el 20% al que los letrados pueden agarrarse para plantear una demanda. Contra el médico, contra el hospital o contra la empresa farmacéutica que ha descubierto la vacuna.

Si nada de eso funciona, el abogado siempre puede aducir cualquier falacia que circule por la Red o sus alcantarillas, como por ejemplo que la vacuna que le han puesto a tu hijo causa autismo. Es mentira, y de la peor clase —ignorante e interesada—, pero ha causado unos daños profundos al sistema global de salud. En los años 2000, estas prácticas de leguleyos llegaron a vaciar a Estados Unidos de las firmas farmacéuticas que, como Pasteur o Glaxo, habían apostado por las vacunas. Esto fue un desastre que todavía no hemos superado del todo.

La esperanza media de vida de los paises accidentales, se duplicó en el siglo XX (de los 45 a los 90, redondeando un poco) debido a las tres patas esenciales de la lucha contra la infección: el alcantarillado, los antibióticos y las vacunas (hoy habría que añadir los condones, seguramente). Las zonas deprimidas de África y Asia siguen necesitando esos avances, contra las enfermedades antiguas y contra las que puedan surgir, y sin la investigación privada no parece posible.

Además, los gestores de la salud pública coinciden en que sin medicina preventiva no hay futuro. La esperanza media de vida occidental sigue aumentando a un ritmo lento pero constante de un par de años por década, pero la razón principal es la mejora en el tratamiento del infarto (que sigue siendo el gran matarife en el mundo desarrollado, por encima de todos los cánceres juntos). Esos sistemas son caros e imperfectos, pues rara vez devuelven al paciente su calidad de vida anterior. El sistema sanitario actual, sea público o privado, no es sostenible. Hay que apostar a fondo por la medicina preventiva.

Y las vacunas son medicina preventiva por definición. Se las pinchas a la población de riesgo y evitas que desarrollen unas enfermedades que, de haberse producido, habrían supuesto un tormento para el paciente y una sangría para los presupuestos sanitarios. Las artimañas jurídicas de los tiburones significarán a la larga un horrible aumento del gasto público y un estorbo para el avance de la investigación biomédica. Es obvio que los políticos pueden hacer mucho para animar a la Big Pharma a investigar en vacunas. También lo es que no está en su agenda de prioridades.

Lo que hasta ahora está salvando a estos abogados, y a los padres que se niegan a vacunar a sus hijos, de un buen embrollo civil o incluso penal es un efecto estadístico bien conocido de los epidemiólogos. Frenar la propagación de un virus no requiere vacunar a toda la población. Basta con vacunar a tres de cada cuatro. Lo que haga el cuarto individuo da igual a efectos epidemiológicos. Así que los hijos de los antivacunas están protegidos contra las principales enfermedades infecciosas gracias a los demás padres, los que sí vacunan a sus hijos. Puede parecer una paradoja, pero no son más que matemáticas.

El rechazo a los alimentos transgénicos—otra de las religiones de nuestro tiempo— plantea cuestiones aún más complejas e interesantes que el creacionismo, los pseudofármacos y las vacunas. Es curioso que una humilde semilla sea más importante que Dios padre, pero así son las cosas.

La mayor parte de la gente cree que hay una polémica científica sobre la seguridad para la salud de los transgénicos. No la hay. Todos los científicos y biotecnólogos de plantas coinciden en que los transgénicos son seguros para la salud, y también para el medio ambiente. Si llevan décadas investigando en ellos es porque, además de haber descartado esos riesgos, están convencidos de que los transgénicos son el mejor modo de incrementar el contenido de vitamina A del arroz — la base de la alimentación de media Asia, pobre en ese compuesto esencial—, crear variedades de las principales plantas de cultivo tropicales que sean resistentes a la sequía, y que por tanto gasten menos agua, ralentizar la oxidación que arruina la fruta, para una gestión más eficaz y sostenible de muchas plagas, sobre todo las enfermedades virales que arruinan las cosechas de varios países africanos, en fin.

En el caso del rechazo irracional a los transgénicos, los grandes responsables han sido los grupos ecologistas, con especial mención a Greenpeace, que lleva décadas poniéndolos entre sus tres o cuatro líneas estratégicas, a la altura de los residuos nucleares o el cambio climático. “Los ecologistas se oponen a los transgénicos porque tienen la panza llena”, me dijo en una entrevista el padre de la revolución verde, Norman Borlaug.

Tenía razón. Greenpeace ha conseguido intoxicar (ideológicamente) a la población occidental, y que Europa tenga una legislación absurda y retrógrada sobre los transgénicos. En el fondo eso da igual. Los países que verdaderamente los necesitan, como China y varios de África tropical, llevan años investigando en sus propios transgénicos. El largo brazo de Greenpeace no llega allí. Malo para la contaminación, bueno para la ciencia.

El negacionismo climático no es muy distinto de las religiones anteriores. Todas consisten en cegarse a la evidencia, inventar una realidad paralela e infectar a la mayor parte posible de la población con ella. Todas acabarán fracasando —la realidad es tozuda—, pero nadie sabe cuándo. Nuestro cerebro no está hecho para el pensamiento científico: pensar así nos cuesta Dios y ayuda, y poca gente está dispuesta a esa tortura. Habrá que inventar algo.

EL PROBLEMA DE LA ENERGÍA

CAPACIDAD PARA REALIZAR UN TRABAJO

Nada se puede crear sin energía.

Las energías limpias nos ayudarán a frenar un peligroso cambio climático.

Además, el ahorro energético es la única vía solidaria para reducir la dependencia de los combustibles que generan CO2. Solo la ignorancia insolidaria de Isabel Natividad Díaz Ayuso no lo entiende.

¡Madrileños, despertad contra la anti-ciencia, no cedáis a los engaños!

El director de estrategias del MIT: “Nos peleamos por los investigadores españoles”

EL PAÍS : ELISA SILIÓ Madrid – 23 JUL 2022

El mexicano Marco Muñoz (Medellín, Veracruz-1963) viaja por el mundo buscando socios filantrópicos que se sumen a los retos científicos y técnicos del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT). Es su director de Iniciativas Estratégicas. Compagina el cargo con el mismo puesto en el Instituto Ragon, que aúna los proyectos conjuntos de tres instituciones top: de nuevo el MIT, la Universidad de Harvard y el Hospital General de Massachusetts. El MIT ocupa el cuarto puesto en el ranking Shanghái y por sus aulas como profesores o alumnos han pasado 76 premios nobeles.

Licenciado en Derecho, Muñoz llegó a Austin en 1991 para hacer un posgrado y se quedó en la Universidad de Texas. No quería mudarse a Boston porque detesta el frío, pero recibió una oferta del MIT hace 10 años y su jefe en Texas le convenció. “Me dijo: ‘Solo una universidad en el mundo creó un departamento aeroespacial y puso al hombre en la luna. Cuando todos nosotros veíamos el cielo, en el MIT tenían ya el espacio”, cuenta Muñoz a EL PAÍS en un hotel madrileño.

Pregunta. En España el índice de publicaciones científicas es altísimo, pero luego no hay innovación.

Respuesta. Recomendaría a los españoles que pensasen más a largo plazo. Por ejemplo, hace unas semanas un profesor, que ha sacado el prototipo de una tecnología para entender el sida, nos pidió un 50% de su tiempo de investigación para dedicarlo a la empresa que iba a crear con tres estudiantes. Todos felices: “¡Que te vaya muy bien!”. En otras universidades, en cambio, seguramente te dicen: “¿Pero qué estás haciendo? ¿Robándole el tiempo al Estado?“.

P. ¿Qué estudiamos si el 85% de los trabajos de 2050 no se han inventado?

R. Lo más importante es el estudio de la capacidad de escucha, de discernir, de discutir sin pelear, de poder integrarse a equipos de trabajo multidisciplinarios. Valdría la pena que se hiciera un experimento en España: que a los chicos del primer año de carrera les pregunten cómo creen que debería ser su educación y que les den la oportunidad de hacer su propio programa educativo con un grupo de control, como en los laboratorios.

P. En el MIT se tiene muy en cuenta la opinión externa.

R. Tenemos una receta secreta, los comités visitantes, que se reúnen cada dos años. Hay miembros de la industria, de la academia, de nuestra competencia… Analizamos allí si lo que estamos enseñando es relevante o no para la humanidad y, si no interesa, hay que cambiar el currículo.

En el MIT si no has ido al colegio, no importa

P. ¿Y se cambia mucho?

R. Sí. Se ve si en licenciatura se enseña primero una materia o más tarde, se quitan materias o se mira desde la multidisciplinariedad. He conocido estudiantes que terminaron los grados [créditos] pero no sacaron una carrera. Van definiendo su programa académico dependiendo de lo que para ellos es importante. El 95% de los estudiantes están en el instituto por una misión de mejorar el mundo.

P. En España hay titulitis.

R. Aquí [España] buscan más el papel que el conocimiento. En 2019, Esther Duflo y Abhijit Banerjee, ganadores del Nobel de Economía, crearon el máster Economía del Desarrollo. Veinte estudiantes, tras haber hecho el programa digital, son invitados cada curso a trabajar en el MIT el último semestre haciendo un proyecto para atender el problema de la pobreza. A un alumno muy joven, de Singapur, le pregunté: “¿Qué vas a hacer ahora?”. Y me contestó: “Voy a regresar a casa para terminar el Bachillerato, haré la carrera y luego el doctorado”. ¡Pero ya tiene un título de maestría! En el MIT te puedo dar un título de maestría basado en tu conocimiento, no en tu papel. Es más, si no has ido al colegio, no me importa. Muéstrame lo que sabes. Luego nos enteramos de que tenía 16 años.

P. ¿Y el chico volverá a hacer el doctorado?

R. Si lo admitimos, porque somos muy exigentes. A nivel licenciatura recibo unos 20 estudiantes extranjeros al año de 1.800 nuevos. En posgrado tengo más extranjeros, un 60% [de ellos 50 españoles], que americanos.

P. Los estudiantes en España no salen preparados para lo que quieren las empresas.

R. Platiquen. Una buena opción es crear estos comités externos. Que la Politécnica de Madrid invite a la Politécnica de Zúrich y a la Complutense. Al final tienen la misma obligación de generar conocimiento. La capacidad humana que tiene España es increíble. Nos peleamos por los postdoc [investigadores que acaban de leer la tesis] españoles. Este viaje a España ha sido principalmente para hablar con fundaciones y empresas para que los españoles que quieran venir a prepararse a Boston tengan becas. Mis investigadores me han dicho: necesito más españoles, son muy buenos. En el Ragon, por ejemplo, tenemos dos chicas: una madrileña que trabaja en biología molecular para curar el cáncer que aplicó desde China y una chica de Sevilla que termina el doctorado en VIH.

P. A lo mejor no se están haciendo tan mal las cosas en España.

R. Podría hacerse muchísimo más. Estas chicas y estos chicos que yo identifico y que me llevo allá tienen éxito a pesar de todos los retos que tienen que superar aquí. Eso no quiere decir que les sigan poniendo las cosas difíciles para que sean buenos. Mi director científico del Ragon que es argentino, Facundo Batista, me dice que en los laboratorios en Inglaterra ―antes de venir con nosotros― nunca tuvo problemas con los españoles, que son muy trabajadores y creativos. Imagínate, si tienen éxito con unas condiciones que no son las mejores, ¿cómo sería si cambiamos el sistema educativo español y universitario y florece la emprendeduría? España podría convertirse en una potencia del conocimiento. Yo le tengo mucha fe, más que los españoles.

El Estado me da para proyectos de investigación, pero no tengo un presupuesto público

P. Ustedes no se han visto envueltos en el escándalo de las admisiones de alumnos como otras prestigiosas universidades.

R. No tenemos legacy [preferencia en el ingreso por la relación previa de la familia del alumno con la universidad]. Si estudiaste en Harvard o Stanford, tus hijos tienen más posibilidades de entrar por el legacy, pero tienen que ser muy capaces. En el MIT no, aunque escribiese al presidente para que entrase un hijo mío muy brillante. Es duro porque perdemos muchas donaciones. Alguna vez he estado en el grupo que revisa las admisiones. Un chico, que entró, explicó [en una carta de motivos]: “Vivo en un pueblo muy pobre en la India y quiero entrar en el MIT porque un día mi tío, que vive en la ciudad, nos trajo una caja, a los días la abrí, había un ordenador, lo conecté y aprendí miles de cosas. Estoy seguro que la cabeza de mi hermano con autismo es como esa caja y, si puedo aprender en MIT los instrumentos para abrirla, él podría hacer cosas maravillosas”. El 18% de nuestros estudiantes pertenece a la primera generación que estudia en su familia y solo pagan el 14% de los alumnos.

P. ¿Y cómo se beca al resto si no hay esta preferencia de acceso o legacy?

R. En muchos proyectos filantrópicos incluimos becas. La educación es súper cara en el MIT. Destruimos laboratorios, hacemos demasiados experimentos, nos equivocamos y equivocamos hasta que algo funcione. El Estado me da para proyectos de investigación, pero no tengo un presupuesto público como las universidades españolas. El estudiante que más paga, abona 50.000-60.000 dólares [48.900-58.600 euros] por año, cuando la educación de cada alumno cuesta 100.000. Por eso solo tenemos 11.300 estudiantes.

P. España está a años luz de Estados Unidos. La primera universidad en el ranking Shanghái, la de Barcelona, está en la franja del 250, pero 39 españolas (38 de las 50 públicas) se sitúan entre las 1.000 primeras del mundo. Proporcionalmente, no ocurre en Estados Unidos, donde hay 4.600 universidades y colleges.

R. Hay grandes brechas sociales y culturales que nunca imaginé. Es una de las grandes preocupaciones del MIT. Es el gran reto de América, pero las dos corrientes fuertes del país están lideradas por gente mayor. Lo que recomendaría es la revisión del sistema educativo.

P. ¿Por qué quiere cambiar el sistema educativo?

R. En primaria tenemos que aprender ciencia y soft skills [habilidades como hablar en público, trabajar en equipo…]. A la universidad muchos llegan tan dañados por el sistema educativo, que no los preparamos para utilizar el conocimiento científico de una forma totalmente natural.

Un carpintero puede tener capacidades de matemáticas mejores que las de un ingeniero

P. ¿Y eso no lo hace en la escuela?

R. No. Hacemos lo que hacíamos 20 años, cuando pensábamos que sólo había un tipo de cáncer y dábamos aspirinas para el dolor. Hay que revisar el sistema desde preescolar para resolver el tema universitario. Pensamos que la universidad es fundamental, porque la gente ya es madura… pero ya es tarde [para aprender].

P. ¿Por eso el MIT se orienta a los niños?

R. Tenemos un laboratorio de educación mundial y trabajamos desde preescolar a la universidad y con aquellos que no pudieron estudiar pese a tener capacidades profesionales. Un carpintero puede tener capacidades de matemáticas mejores que las de un ingeniero. La sociedad no los respeta porque no tienen el papel y yo se lo doy. Y volvemos al tema inicial de la conversación: ¿A qué vas a la universidad? Aquellas universidades que están por el conocimiento ocupan los primeros lugares a nivel mundial, sacan patentes, publican…

P. Ustedes no tienen sucursales como Harvard en Qatar.

R. No. El programa más fuerte es el de Singapur. Hace 25 años el secretario general de Defensa vino a vernos. Explicó que estaban muy preocupados porque su economía se basaba en la mano de obra barata y China se iba a abrir al mundo. Querían lograr que alguna de sus universidades fuese de las mejores del mundo. En ese momento eran malísimas y ahora hay dos entre las primeras 100 primeras en el ranking Shanghái [National University of Singapore y Nanyang Technological University]. Se trabajó en crear centros de alto rendimiento y nos pidieron que todos los prototipos tecnológicos los probásemos allí. Él lo tenía muy claro porque era exestudiante del MIT.

ESTRELLAS DE NEUTRONES

El pegamento de la materia se transforma en las estrellas de neutrones


   Un nuevo estudio ha identificado una transición en la fuerza nuclear fuerte que ilumina la estructura particular del núcleo de una estrella de neutrones.    La mayoría de la materia ordinaria se mantiene unida por un pegamento subatómico invisible conocido como la fuerza nuclear fuerte, una de las cuatro fuerzas fundamentales en la naturaleza, junto con la gravedad, el electromagnetismo y la fuerza débil.    La fuerza nuclear fuerte es responsable del empuje y atracción entre prot …

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EL LHC ( Large Hadron Collider, GRAN COLISIONADOR DE HADRONES) DE NUEVO EN MARCHA: MÁS CERCA DEL ENIGMA DE LA CREACIÓN DE LA MATERIA, DEL ESPACIO Y DEL TIEMPO

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En el marco de la física, su objetivo fundamental, es la búsqueda del origen y los constituyentes últimos de los átomos, sus componentes básicos, es decir, las llamadas partículas elementales. Y así, prestando gran atención a los productos resultantes de estas colisiones los físicos aprenden sobre las leyes de la Naturaleza. Sin embargo, gracias a los aceleradores de partículas, y a la necesidad de desarrollar tecnologías paralelas para su construcción y funcionamiento, se han conseguido otros logros que han contribuido al desarrollo de la ciencia y al bienestar de la humanidad de forma considerable. Algunos ejemplos los encontramos en la informática, la criptografía moderna, el posicionamiento geográfico por satélite o en la digitalización de imágenes médicas y la radioterapia, entre muchas otras.

(NATIONAL GEOGRAPHIC)

https://www.nationalgeographic.com.es/ciencia/grandes-reportajes/11-cosas-que-no-sabias-sobre-lhc-cern_13139